domingo, 15 de mayo de 2011

Jesucristo, el Fundamento de la Iglesia


Sobre esta roca edificaré mi iglesia;
y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.

Mateo 16:18.

  El vocablo “iglesia” a menudo se halla en el Nuevo Testamento. Unas veces es empleado para designar el conjunto de todos los creyentes. Todos los seres humanos que creen en el Señor Jesús como su Salvador personal están unidos unos a otros por el Espíritu Santo para formar una unidad. Esta es la Iglesia de Dios. Otras veces esta misma palabra se usa para los redimidos que se congregan en el nombre del Señor Jesús en una ciudad o localidad.

       En el Nuevo Testamento se ve a la Iglesia tanto bajo la responsabilidad de los hombres como bajo la perspectiva de Dios. Cuando se trata de nuestra responsabilidad, sólo vemos fallos y fracasos. La unidad visible de todos los creyentes está arruinada, el modelo bíblico sobre las reuniones de los creyentes es poco conocido. Pero lo que Dios hace no puede ser trastornado, por eso podemos alegrarnos y constantemente contemplar la imagen de la Iglesia como él la ve.

       La Iglesia tiene un fundamento inamovible. Es Jesucristo, “el Hijo del Dios viviente”, y nadie puede eliminar esta base. ¡Qué consuelo para cada hijo de Dios! Cada redimido es una piedra viva de esa casa. Y así como el fundamento está seguro, la casa también lo está. Por lo tanto, nuestra posición como salvados es absolutamente segura. Tan pronto como la última piedra sea agregada, el Señor Jesús volverá para llevarnos con él. Entonces se presentará a sí mismo “una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:27).

CAMPAÑA EVANGELISTICA EN HUELVA EL DIA 21 DE MAYO A LAS 6 DE LATARDE

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+ DE KIM WALKER

KIM WALKER- PARA LOS QUE LE GUSTA LA ADORACION QUE LLENA

La Venida de Jesucristo


He aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:
que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador,
que es Cristo el Señor.

Lucas 2:10-11.

     Entre todos los acontecimientos que marcaron la historia del hombre no hay uno más importante que la venida de Jesucristo a la tierra. El Hijo de Dios “se despojó a sí mismo” para nacer como uno de nosotros.

       Habría podido venir como un juez para condenar sin apelación a la humanidad que se había hundido en el mal y se había alejado de Dios. También habría podido venir como un justiciero para destruir a los hombres que se habían opuesto a Dios, a pesar de todo el bien que él les había hecho.

       Pero Jesucristo vino como Salvador hasta nosotros. En nuestra tierra, donde generalmente cada uno trata de engrandecerse, él tomó el último lugar. Nació en un establo y siguió un camino de renuncia que lo condujo hasta la cruz, en la cual murió como un malhechor.

       Cada uno de nosotros debe preguntarse por qué vino Jesucristo a esta tierra. ¿Por qué vivió una vida tan diferente de todas las demás? ¿Por qué se humilló hasta morir en una cruz? El amor es la respuesta a todas esas preguntas. Este es el motivo de toda su vida.

       Hoy en día Jesús aún se presenta a nosotros como el Salvador. No espere para recibirle como tal, porque un día él se presentará como juez a aquellos que rechazaron su salvación. Entonces el primer cargo de acusación será el de haberle rechazado como Salvador

viernes, 13 de mayo de 2011

La Ascensión del Señor

      La actitud de Jesús frente a sus discípulos, en el momento de Su ascensión, conmueve el corazón. En este momento de separación, antes de dejar a sus amados en el mundo, una vez más los bendijo a todos.

       Una maravillosa transformación se había efectuado en los discípulos gracias a todo lo que Jesús les había comunicado. A pesar de la partida de su Maestro muy amado, sus corazones desbordaban de gozo, mientras que antes de Su muerte, y después, estaban decepcionados y entristecidos. Fueran las que fueran las circunstancias que atravesaran los muy amados del Señor, ellos estaban llenos de acciones de gracias y de gozo porque lo conocían no sólo a Él, sino también Sus palabras inmutables. Pero ellos esperaban el hermoso momento en que sólo Él llenaría los corazones, en un mundo nuevo, donde no existirá separación ni motivo de tristeza.

       Llenos de este gozo, los discípulos esperaron la llegada del Espíritu Santo. Desde el día de Pentecostés, en la abundancia de la vida divina y bajo la poderosa acción del Espíritu Santo, ellos cumplieron su servicio, haciendo, como Jesús se lo había dicho en Juan 14:12, obras mayores que Él mismo, aparte de la redención que sólo Él pudo cumplir.

       El conocimiento del Señor debe producir en nosotros el deseo de aprender cada vez más de Él, hasta el día en que nuestro conocimiento sea perfecto; porque seremos semejantes a Él y le veremos tal como es (1 Juan 3:2).

jueves, 12 de mayo de 2011

SOLO UNA VIDA PARA VIVIR













Está establecido para los hombres que mueran una sola vez,
y después de esto el juicio.

Hebreos 9:27.

Que echen mano de la vida eterna.
1 Timoteo 6:19.

    En su epístola el apóstol Santiago pregunta: “¿Qué es vuestra vida?”. Y él mismo responde: “Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (4:14). Por más que lamentemos a menudo el tiempo perdido, no podemos volver a empezar ni un solo instante de nuestra existencia.

       En la tierra sólo tenemos una vida para vivir. Es un capital que quizá ya hemos malgastado y sigue escurriéndose entre nuestros dedos. Vivir persiguiendo sueños o dejándose dominar por pasiones y deseos no es vivir. Una vida solamente es bien vivida junto a Dios y para Dios, teniendo la seguridad del perdón de nuestros pecados y un gozo profundo en el corazón. Esta es la verdadera vida.

       Muchos de nuestros contemporáneos están inquietos, y es de comprender: no tienen ninguna esperanza ni certidumbre en cuanto al porvenir. Los motivos de inquietud son numerosos: desempleo, contaminación, guerras, peligro nuclear, destrucción de nuestra civilización… Jesús habló de los tiempos hacia los cuales el mundo avanza rápidamente, cuando habrá “en la tierra angustia de las gentes… desfalleciendo los hombres por el temor” (Lucas 21:25-26).

       Pensemos en nuestra futura y eterna existencia después de la muerte. ¿Dónde la pasaremos? ¿Lejos de Dios a causa de nuestros pecados, o en compañía de Aquel que nos ofrece el perdón y la vida eterna? Jesús nos invita a conocerle desde ahora.