jueves, 14 de julio de 2011



Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida;
nadie viene al Padre, sino por mí.
Juan 14:6.

Ahora, pues,
ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús


   En las cercanías de una localidad noruega se puede admirar una cascada de gran caudal que presenta una sorprendente particularidad: un sendero permite acercarse a ella, el cual desaparece a través de la espuma para resurgir del otro lado. Si lo seguimos, descubrimos que pasa debajo de una roca suspendida. Masas de agua rugen sobre nuestras cabezas, mientras caminamos al abrigo, detrás de la cascada. Así podemos pasar al otro lado sin ser arrastrados por las aguas rugientes.

       ¿No es una imagen de la salvación ofrecida por Dios, del camino que permite acudir a él sin ser arrastrado por el juicio?

       En efecto, la Escritura nos muestra que todos hemos pecado contra Dios, contra un Dios justo que debe condenar el pecado. Entendemos que el juicio divino debía alcanzarnos: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

       Pero Dios quiso salvarnos: en la cruz hizo caer sobre su Hijo los raudales del juicio que merecíamos, según lo que está escrito a este respecto: “Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí” (Salmo 42:7). Ahora Dios puede perdonar a todo aquel que acude a él, apoyándose en esta obra cumplida. Para el que cree no hay más condenación. Jesús crucificado es el camino que lleva a Dios.

Evangelismo en Huelva-Alabanza

Estuvimos en Huelva y fue una bendicion, mucha gente escucho el evangelio y los hermanos /nas compartieron su testimonio y el Evangelio de forma personal, volveremos el proximo miercoles, esperamos te apuntes a esta gran bendicion. No pudimos grabar el resto del programa por motivos tecnicos, la proxima vez sera si Dios quiere.

martes, 12 de julio de 2011

Un Libro Especial



De tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en él cree,
no se pierda, mas tenga vida eterna.
Juan 3:16.

 En la feria semanal, cuando no hay clientes, la vendedora se sienta detrás de su puesto de flores y lee su Biblia. Cierto día un cliente, que ya le había comprado flores varias veces, le preguntó: –¿Qué libro lee usted hoy? –Siempre leo el mismo, dijo ella. –¿Y cuál es?, inquirió el hombre. –La Biblia, la Palabra de Dios, respondió ella. –¿Vaya, y quién le dijo que la Biblia es la Palabra de Dios?, quiso saber el comprador. –Él mismo, repuso ella. –Oh, ¿Acaso Dios le ha hablado?, dijo, sorprendido, el hombre.

       Un poco incómoda, la vendedora no supo cómo probarle que la Biblia es la Palabra de Dios y que por medio de ella Dios habla a los seres humanos. Mas mirando al cielo, ella señaló el sol y dijo al cliente: –¿Puede probarme que éste es el sol? – Es muy simple probárselo; la mejor prueba es que nos da luz y calor, contestó el hombre. –Lo mismo sucede con mi libro, repuso la vendedora. El hecho de que me da luz y calor interior es la prueba de que es la Palabra de Dios.

       ¿Tiene usted dudas en cuanto a la Biblia? ¿Considera ese libro sencillamente humano? Entonces sólo puedo recomendar que lo lea una vez sin prejuicio. Empiece por el evangelio de Juan. Usted comprobará que es el libro de Dios y que tiene un mensaje para usted. Esta información no consiste en palabras vacías, sino que le hace conocer a una persona: Jesucristo, el Hijo de Dios. A través de él Dios habló a los seres humanos, y sigue haciéndolo por medio de su Palabra, la Biblia.

lunes, 11 de julio de 2011

EVANGELISMO " CALLEJERO " EN GIBRALEON

Gracias a Dios una vez mas . Estuvimos en Gibraleon y fue una bendicion poder hablar de Jesus a los jovenes de ese pueblo . Este fue el principio de esta nueva etapa donde esperamos en el Señor ver su Gloria manifestada, no solo en los que estamos participando , si no en hombres y mujeres que a lo largo de este verano tomaran decisiones por Jesus.

sábado, 9 de julio de 2011

Socorro en la Angustia



Danos socorro contra el adversario,
porque vana es la ayuda del hombre.
Salmo 108:12.

Alma mía, en Dios solamente reposa,
porque de él es mi esperanza.

Salmo 62:5.

Él tiene cuidado de vosotros.
1 Pedro 5:7.

 ¡Cuán difícil es traer consuelo a quienes están abrumados y agobiados por la prueba! No podemos hacerlo por nosotros mismos, pero deseamos dirigirles un mensaje que ninguna simpatía humana puede igualar: ¡Dios los ama!

       Muchas preguntas pueden acosarlos: ¿Por qué estas tristezas? ¿Verdaderamente provienen de un Dios que ama? Dios quiere hacerles sentir, quizá de una manera dolorosa, la fragilidad del ser humano y de todo lo que es de este mundo, pero ante todo desea que ustedes dirijan sus miradas hacia aquel a quien él dio, a Jesucristo, su Hijo unigénito.

       Más allá de las pruebas humanas hay un eterno porvenir de felicidad para aquellos que ponen su confianza en Jesucristo. Al morir en la cruz por nuestros pecados, él cumplió la obra de la redención y la reconciliación con Dios (Romanos 4:25). A todos aquellos que recibieron a Jesús como su Salvador, creyendo en él, Dios les dio el derecho de ser sus hijos (Juan 1:12). El Padre, ¿Cómo no tendría cuidado de cada uno de sus hijos? Aún hoy el Señor les dice: “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5). “Estoy con vosotros todos los días” (Mateo 28:20).¡Qué privilegio inestimable atravesar la prueba en compañía de tal persona!

jueves, 7 de julio de 2011

Dos Centuriones en el Evangelio (2 de 2)




El centurión que estaba frente a él (Jesús),
viendo que después de clamar había expirado así,
dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.

Marcos 15:39.


   El segundo centurión que se encuentra en los evangelios es el jefe de los soldados que vigilaban la crucifixión de Jesús y de los dos malhechores.

       Quizá fue él quien dejó a sus soldados burlarse tan cruelmente de Jesús, escupirle y golpearle la cabeza. Sin duda no era la primera vez que participaba en tal ejecución, pero esta vez no ocurrió como de costumbre. Ahí se hallaba un Hombre con una nobleza fuera de lo común: no respondía a las injurias, oraba por sus verdugos, pensaba en su madre, la cual confió a uno de sus discípulos, y alentó a uno de sus compañeros de suplicio.

       Después, en pleno mediodía, el sol se ocultó hasta que aquel que fue crucificado como “el rey de los judíos” exclamó solemnemente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Luego, mientras el sol volvía a aparecer, dando una gran voz, Jesús expiró, cuando en general los crucificados morían por asfixia y no tenían aliento para expresarse. Finalmente un terremoto sacudió las rocas y aterrorizó a los que presenciaron tal escena.

       Entonces el centurión reconoció ante todos: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Hasta el final los jefes religiosos se endurecieron en su odio contra Jesús y rehusaron reconocer quién era él. En cambio este soldado, a pesar de estar muy alejado de la religión judía, admitió las cosas como eran: sus ojos se abrieron ante la grandeza del Hijo de Dios hecho hombre. ¿Quién es Jesús para usted?

Dos Centuriones en el Evangelio 1ª parte




Respondió el centurión y dijo: Señor,
no soy digno de que entres bajo mi techo;
solamente dí la palabra, y mi criado sanará.

Mateo 8:8.

Por gracia sois salvos por medio de la fe;
y esto no de vosotros, pues es don de Dios.

Efesios 2:8.

No pensaríamos hallar en los evangelios dos de esos capitanes de la legión romana. Acostumbrados a mandar, por lo general eran déspotas, y el papel que desempeñaban en el ejército de ocupación no parecía disponerlos a volverse hacia Jesús, ese judío menospreciado aun por sus compatriotas.

       El primero es el de Capernaum (Mateo 8:5-13). Amaba a uno de sus criados que estaba muy enfermo. El centurión oyó hablar de Jesús, a quien llevaban a los enfermos y él los curaba (Mateo 4:24), pero el centurión no se creía digno de que Jesús entrara en su casa, ni aun de ir él mismo a dirigirle la palabra (Lucas 7:7). Sin embargo, decidió pedirle que sanara a su siervo con una palabra. Esta petición demostraba tal fe en el amor y el poder de Jesús, que éste, lleno de admiración, respondió inmediatamente.

       La forma de actuar de este hombre es un modelo para quien quiere acudir a Dios. Primero es necesario ser conscientes de que no merecemos nada. Nadie tiene derecho alguno que pueda hacer valer ante Dios. Todas nuestras justicias son como ropa sucia ante el Dios santo (Isaías 64:6). No obstante, se puede confiar en él: tiene tanto el deseo de curar como el poder para hacerlo. Él espera a que lo llamemos, como el leproso que acudió a Jesús y le pidió: “Señor, si quieres, puedes limpiarme… Y al instante su lepra desapareció” (Mateo 8:2-3).